El conejo y la menor (o la pequeña historia de un ciberacosador)

El teatro madrileño de La Abadía pone en escena "Grooming", del jovencísimo autor Paco Bezerra, una obra sobre el acoso sexual a menores, en la que ni el acoso ni el manipulador ni la menor responden a lo que uno espera. Un giro inesperado torna lo que parece simple realismo sucio en retrato de una obsesión. Hasta el 11 de marzo.

21/02/2012 10:00 | Lola Fernández

Grooming Un momento de la representación en La Abadía (Madrid).

La dirección y el fantástico diseño escénico de "Grooming" corre a cargo de José Luis Gómez, y es él quien se sienta casualmente a mi lado la representación. Ya sabe su secreto, así que ríe cuando toca y da muestras de que le gusta lo que ve. El resto del mundo, yo incluida, no estamos tan satisfechos: durante un buen tramo, la obra parece un mero retrato de un caso de acoso a una menor (lo que define el anglicismo "Grooming"), algo muy sabido, visto y quizá hasta vivido para la mayoría de menores de 40 que llena la sala. ¿Esto era todo? Por suerte, no. Y el prólogo de la representación, con un conejo à la Lewis Carroll paseándose por la escena, puede suponer una buena pista.

La sinopsis de la obra es la siguiente: "Un hombre y una chica se conocen a través de internet y se citan en un parque. Un encuentro lleno de excitación. Identidades fingidas, manipulación y deseos oscuros marcan este cara a cara nocturno, que se desarrolla en una atmósfera inquietante, digna de un thriller". Él es Antonio de la Torre ("Azul oscuro casi negro", "Gordos" y "Balada triste de trompeta") y ella, Nausicaa Bonín, en dos interpretaciones que, más que encajar, chocan por la extrema contención de sus actuaciones. Esta frialdad nos saca inmediatamente del territorio del deseo sexual o de los toques cómicos del texto, para llevarnos a otro muy distinto: el de la obsesión, lo enfermizo. Toda la turbiedad de la obra, que es mucha, queda congelada apenas las palabras salen de la boca de Bonín, que de tan distante llegó a parecerme ausente. El desenlace explica probablemente la elección de tono y forma, y habrá quien aprecie la sutileza de remarcar así la oscuridad de los secretos deseos de los personajes.

Es interesante asistir a la representación de un texto de un autor tan joven como Bezerra (Almería, 1978) y comprobar que un poderoso del teatro como José Luis Gómez puede "enamorarse" de una dramaturgia aún sin tirón comercial ni crítico (pero sí con premio: el Nacional de Literatura Dramática en 2009). Sin embargo, no veo que la juventud sea un aval para un texto dramático (ni, en general, para nada que tenga que ver con la creación artística), y más uno que quiere navegar en aguas tan oscuras. Me pregunto cómo sería este texto dentro de quince años. Quizá habría menos sitio para lo discursivo y más para la vida. Y me pregunto, también, cómo afectaría esto a las interpretaciones. Quizá veríamos más humanidad, en todo su horrible esplendor, más emoción rompiendo un tono tan controlado que acaba resultando monótono.

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