16/02/2012 10:30 | Lola Fernández
El primer día de Arco es como pillar a los padres envolviendo los regalos de Reyes: ves todo el truco. Dicho sea lo de truco en el mejor de los sentidos. Y no son sólo los cuadros en el suelo, sin colgar, esperando un sitio o un impulso de bricolage. Las trastiendas de algunos stands se muestran, impúdicas, desbordadas de papel de embalar, bolsas, herramientas, cuerda... Galeristas y artistas reposan con la maleta todavía entre las piernas. Los saludos con los colegas de otras ciudades, de otros países, pueden más que las preguntas de los posibles compradores. Aún no aparecen huellas del sueño y la resaca en las caras del negocio del arte, vestido implacablemente de negro en un 70%. Sacerdocio.
No hay que amilanarse por el look impecable de los guardianes de las galerías: están ahí para vender. Sólo que la sofisticación, elegancia y altivez inalcanzable debe evocar parejamente las de las obras que representan y atraer a sus iguales adinerados al otro lado del mostrador. Como llevo unas gafas doble de pasta, decido preguntar precios en la sección Opening, una selección de galerías emergentes de toda Europa. Aquí se supone la obra más accesible de Arco. Más accesible para el bolsillo: a veces la emergencia es directamente proporcional a lo inalcanzable de su mensaje.
Tras una primera vuelta de reconocimiento, sinceramente, no me parece que los precios estén a la altura de las circunstancias. El pequeño coleccionista, aquel que se nutre de jóvenes con proyección o de las corazonadas accesibles a su bolsillo, no encontrará mucho bueno por debajo de los 5.000. Lo más barato que alcanzo a ver llega a los 2.000, pero no estimula ninguna neurona de mi cerebro. Casi merece más la pena sentarse enfrente de Peres Project y alternar la mirada entre el colorista cuadro de Antonio Ballester Moreno y el fornido barbudo que inmóvil, inclinado sobre su laptop, bien parece alguno de los muñecos-que-imitan-a humanos del pabellón. Que yo haya visto, el refrigerado dictador y dos chicas, una de ellas aparentemente decapitada.
A la salida, me gana la deformación profesional y acabo fijando los ojos en sendos cuadros de Marilyn Manson. Definitivamente, ni la mitad de turbadores que el maquillaje del propio cantante. Quizá sea el color. Por fortuna, mis gustos sombríos se ven colmados al doblar la esquina. En la galería Oliva Araunacuelga "Uma Figura" (2011), de Adriana Molder, un dibujo de tinta y acrílico sobre papel que muestra la cara de una mujer. Flechazo. Desgraciadamente, es un amor imposible: la Fundación Coca Cola le ha puesto un punto rojo como una catedral. Me consuelo pensando que, probablemente, cuesta lo que gano en todo un año. Ains.