Diana Vreeland, el auténtico e irrepetible diablo vestido de Prada

  • En la Plaza de San Marcos.

    En la Plaza de San Marcos.

    Tras su fulminante despido como directora de Vogue, en 1972.
  • Para Vogue.

    Para Vogue.

    Audrey Hepburn para Givenchy, en abril de 1963.
  • ​Mia Farrow

    ​Mia Farrow

    En una producción fotografiada por Richard Avedon, en abril de 1966.
  • Portada de Harper's Baazar.

    Portada de Harper's Baazar.

    Realizada por Louise-Dahl Wolf, en enero de 1942.
  • Portada de Harper's Baazar.

    Portada de Harper's Baazar.

    Realizada por Erté, en marzo de 1936.
  • Para Vogue

    Para Vogue

    Veruschka lleva el vestido Mondrian de Yves Saint Laurent en una producción fotografiada en septiembre de 1965.​
  • Para Harper's Bazaar.

    Para Harper's Bazaar.

    Una fotografía de George Hoyningen-Huene, tomada en octubre de 1942.
  • Portada para Harper's Baazar.

    Portada para Harper's Baazar.

    Publicada en septiembre de 1939.
  • Elizabeth Arden

    Elizabeth Arden

    Portada de Vogue en septiembre de 1964.
Icono americano y una de las editoras de moda más influyente de la historia, dejó su personal impronta tanto en Harper's Baazar, donde reinó 26 años, como en Vogue, donde ya entró como directora. Ahora, su figura protagoniza una completísima exposición en el Palazzo Fortuny de Venecia. En ella están sus recuerdos, sus mejores piezas y sus legendarias publicaciones.

5/04/2012 08:00 | Lola Fernández

Su primer trabajo como redactora de Harper's Baazar fue una columna que se titulaba "Why don't you...", y era toda una invitación a convertir cada pequeño acto de la vida cotidiana en algo original, distinto, extraordinario, mediante un acto de ingenio. Vreeland llevaba apenas seis meses instalada en Nueva York. Casada con un empleado de banca y madre de dos hijos, necesitaba desesperadamente trabajar. Por suerte, su look -vestido de Chanel, bolero, rosas en su pelo negor y mejillas muy marcadas en rojo- captó la atención de Carmel Snow, la legendaria directora de Harper's, que no dudó en ficharla. No se equivocó: Vreeland estuvo 26 años en aquella redacción.

Durante más de 40 años fue la pareja perfecta de Richard Avedon. No comenzaron con buen pie: el fotógrafo se negaba a trabajar con aquella mujer fea y difícil que le llamaba Aberdeen. Sin embargo, formaron un equipo ganador. Avedon siempre dijo que Vreeland fue la primera editora de moda de la historia, en el sentido en que lo entendemos hoy. Ella creó la profesión prácticamente desde cero. Antes de ella, la editora de moda era una señora de la alta sociedad que le colocaba el sombrero a otras señoras de la alta sociedad. Sin embargo, Vreeland se dio cuenta de que la diferencia la marcaba la personalidad. Eso era lo único que contaba, no la extracción social o la belleza. Diana pensaba que la alta sociedad, además de haber pasado de moda, prácticamente no existía, y que su ojo debía mirar a las personalidades más efervescentes del mundo moderno y reflejar el mundo, la atmósfera, que ellos creaban a su alrededor. "Siento que esas son las cosas que merece la pena colocar en un número de la revista", decía.

Al final de la década de los 50, Snow dejó su puesto pero Hearst, la editora de la revista, decidió que Vreeland no daba el perfil de directora. En 1963, Vreeland marchó a Vogue como directora. Allí comenzó una leyenda que ha generado modos y maneras que parecen haberse transmitido de unas genereaciones a otras de directoras de revista. Vreeland era famosa por dictar sus peticiones a su secretaria casi como órdenes de guerra que debían ser transmitidas a sus generales. En una ocasión pidió "zapatos con cadenas". Nada así existía en ese momento en el mercado, pero a los seis meses todo el mundo los llevaba. En otra ocasión, mencionó que todo el personal de la revista debía llevar un cascabel al cuello. En pocas semanas, así lo hicieron, aunque nadie comentaba nada acerca de los tintineos que se escuchaban a cada paso de los empleados.

Al final de la década de los 60, ya viuda, los editores de Vogue consideraron que sus fantásticas producciones, absolutamente desaforadas en lo que respecta al presupuesto (jamás una editorai manejó tanto y tan bien el dinero), eran ya demasiado. La despidieron en 1971. Polly Mellen, una de sus editoras, recuerda cómo lloraron a aquella fantástica directora que era capaz de recibirlas un día en un despacho rojo adornado por una fantástica alfombra de leopardo y, al día siguiente, encontrarse con que la misma oficina había sido pintada íntegramente de beige. Tras un largo viaje por Europa, comenzó a trabajar para el Costume Institute de Nueva York en 1972. A sus 69 años y, de nuevo, económicamente necesitada, fue fichada para convencer a las personalidades de la alta sociedad de que cedieran al museo sus diseños de alta costura. Sin embargo, pronto quedó claro que Vreeland no se iba a limitar a recaudar: orquestó exposiciones de una manera totalmente nueva, llevando las piezas al momento presente en vez de mantenerlas en el pasado.

En los 80, ya enferma, decidió subastar sus joyas en Sotheby's para mantener su costoso estilo de vida. Aquejada de enfisema, se recluyó en su habitación y se negó a que nadie la viera. Aún así, seguí ofreciendo cenas en su comedor, pero sólo se comunicaba con sus invitados a través del teléfono. Oscar de la Renta, Andre Leon Talley o Jacqueline Onassis fueron asiduos. Dice que sus última palabras fueron: "¡No quites la música o se lo digo a papá!". Murió el 2 de agosto de 1989. Con ella se fue una manera de pensar la moda y la vida que ya no existe: la que buscaba incesantemente la inteligencia de lo diferente.

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